Algo me dice que
después de leer todo este artículo probablemente usted, lector, pensará que fui
una ingenua, o que todo lo que le voy a contar no es tan grave y ocurre no
solamente en los colegios privados sino también en los públicos. No obstante
siento la necesidad de contar lo que vi y oí.
Quizás me dejé llevar
por la primera impresión en la entrevista. Dos señoras, de cuarenta y tantos
años me recibieron en una oficina. Fueron extremadamente amables conmigo. Yo,
la verdad aparentaba una experiencia que solo da la edad y por lo tanto no
tengo, y sin embargo confiaron en mí y me dieron el empleo sin siquiera tener
el cartón. La verdad me dije: “No, pues si el colegio es como estas señoras
entré al cielo”. Tal vez no hice el debido proceso mental, cuando al final de
la entrevista me dijeron que los niños y jóvenes del colegio era una población
difícil. Lo único que alcanzo a recordar fue que pensé: ¡Bien, un reto más para
mí!
Difíciles es un
adjetivo que no recoge el verdadero significado de lo que es la población
estudiantil de este colegio. Déficit de atención, hiperactividad, síndrome de
Asperger, síndrome de Down y autismo son algunos de los problemas de los niños.
Yo, con mi maravillosa ignorancia (estado de llenura según Platón) creí en un
principio poder controlar, no, no controlar, encauzar toda esa energía y
dificultades en ganas de aprender y conocer, eso sí, estando quietecitos. Por
ejemplo, ponía puntos negativos en el tablero si se movían o hablaban mientras
yo dictaba la lección, o pegaba los gritos que nunca he pegado en mi vida para
hacerme oír. Parecía una de esas profesoras viejitas que mis papás, mis abuelos
y mis bisabuelos odiaron tanto. Pronto me di cuenta de lo que sabía de pedagogía
era poco, y que de nada servía tanta teoría en la realidad. Cambié de
estrategia, y terminé enseñándoles parados, bailando, cantando, con ellos
montados en los árboles, en la cancha de microfútbol y en el parque. Algunas
cosas funcionaban y otras no, a veces sufrí desesperos y brotaron lágrimas ante
la impotencia de no poder dar una mínima clase que les diera las herramientas
suficientes para enfrentarse a un texto escrito. Creo que algo me entendieron
de los temas, de las lecturas no sé, solo sé que para mí era indispensable
ponerlos a leer lo que quisieran por lo menos una vez a la semana.
Me he desviado un poco,
no es de mi dificultad de la que vine a hablar, aunque fue un elemento
importantísimo cuando decidí irme. Lo que quería contarles es que no entiendo,
cómo un colegio donde existen este tipo de inconvenientes no posee un psicólogo
o mínimamente un educador especial, y los llamo inconvenientes y problemas no
porque ellos tengan la culpa, o porque sean diferentes o “anormales”, todos lo
somos o por lo menos deberíamos comenzar a querer ser diferentes unos de otros
y no homogeneizar al estudiante, al niño, al adolescente. Los llamo así porque
definitivamente necesitan un cuidado y una educación diferente a la que a mí,
como filóloga hispanista, como amante de las letras, la literatura y de la
enseñanza de estas me enseñaron en la universidad. A veces como educadores nos
enseñan cosas que están tan lejos de la realidad, que resulta imposible pararse
en tierra firme. Como he pensado desde siempre, para ser educador no solo se
necesitan pelotas, también se necesita muchísima intuición.
Tampoco entiendo cómo
una rectora que en un principio me mostró un rostro tan jovial de la vida y del
colegio, de su colegio (es la dueña además), pudo convertirse de un momento a
otro en una maltratadora, y uso esta fuerte palabra porque no puedo llamar de
otra forma el hecho de gritarle en una de mis clases a los estudiantes de la
forma en la que ella lo hizo (y lo sigue haciendo), erigiéndose como jueza, no,
perdón, como dictadora, ya que los regañados nunca (en el tiempo que duraron
los gritos) fueron “inocentes hasta que se demostrara lo contrario”, siempre
fueron culpables (y eso que ellos intentaron hablar levantando la mano e
interrumpiéndola). Tampoco entiendo cómo toda una dama se quita uno de sus
zapatos para pegarle a una mesa durante el regaño, quizás para darle más
dramatismo al régimen, perdón, al regaño; ni cómo se enfrenta a un adolescente
de quince años que lo único que quiere es que lo dejen hablar para explicar lo
que sucedió.
Se los juro que luego
del regaño sigo sin entender cómo esta señora llama a una de las profesoras (a
propósito madre de uno de los regañados), y también le grita delante de
estudiantes, coordinadores y profesores. No sé la verdad si estaré muy loca por
sentir la impotencia que sentí, lo único que sé es que yo salí con la boca
abierta de esa clase que comenzó siendo de lenguaje, y termino siendo de abuso
del poder.
Tampoco entendí
comentarios de ella acerca de no volver a contratar mujeres ya que se
embarazan. Ni hoy entiendo un correo que nos envió a los profesores
enojadísima, diciéndonos que “si nos íbamos a incapacitar por lo menos
avisáramos y mandáramos talleres”. Este “nos íbamos” me recuerda al
neurocirujano de una amiga, que cuando descubrió por fin el tumor que ella
tenía en la cabeza le dijo “Ah, qué pesar, lo
dejaste avanzar mucho”.
Y me sigo preguntando
¿Será que armé una tormenta en un vaso de agua?
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